“Los 7 huertos” por el chamán Ignacio Abella

“El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”

 

Prefacio

Siete huertos arborescentes para vivir jardines diversos, vivos y hermosos… Decía el agricultor y filósofo Masanobu Fukuoka que el ser humano, en su relación con el entorno, actúa como un loco que sube al tejado a arreglar una gotera y en su atolondramiento, la arregla o no, pero crea unas cuantas más. Ante una plaga, buscamos rápidamente algo qué hacer en vez de pensar qué hicimos mal. Contaminamos con CO2 y buscamos como almacenar el CO2 en vez de dejar de contaminar. Y es que el no hacer, el dejar de hacer o actuar lo mínimo, no forman parte de nuestro sistema productivo. En nuestra absurda y frenética civilización, hacer siempre genera negocio y productividad, incluso podemos salvar el mundo reforestando, creando nuevas empresas u organizaciones… pero hay un modo más simple de transformar el mundo de manera profunda y simbiótica, y es tocarlo lo menos posible, como quien lo acaricia. Es cierto, nunca serás un héroe ni un dignatario, no “llegarás muy lejos”, pero encontrarás placeres y entendimientos que aquí hemos resumido en siete huertos arborescentes, siete formas de entender el huerto y el jardín, siete modos de vivir en la Tierra y de la tierra. Cada día te sentirás inmensamente rico en muchos aspectos, cuando pruebes como hace el mirlo, una frambuesa de la propia mata, con toda la intensidad de su aroma, o cuando compruebes que la tierra que acaricias es cada año un poco más viva y más fértil y el jardín más hermoso. Pero todo esto debe quedar entre nosotros, si descubren que los calabacines no cotizan a hacienda y que el huerto es un revolucionario sistema de liberación social, económica y política, terminarán haciendo una ley de control de hortelanos, vagos y maleantes y poniendo un impuesto a la felicidad.

Prefacio a los siete jardines de Ignacio Abella

El primer jardín

El huerto comienza con la plantación del seto; esa piel y abrigo, que nos protege y nos conecta con el mundo circundante. El alfabeto básico de las especies de árboles y arbustos propias de la región, compone este anillo que es en sí mismo germen de nuestros bosques y paisajes. Los pájaros y el viento se encargarán de diseminar y repoblar como ocurre en la naturaleza. En muy poco tiempo, este simple seto habrá atraído una ingente cantidad de pájaros y animales cada vez más diversos que a partir de aquí van a formar parte del sistema inmunitario de este jardín, controlando las plagas y ayudando a que adentro y afuera, el bosque pueda estar aquí, de algún modo presente.

El primer jardín de Ignacio Abella

El segundo jardín

El segundo huerto es el jardín nocturno, de noche suceden tantas cosas que es difícil imaginar si uno no se asoma de cuando en cuando para sorprender las visitas del erizo que mastica ruidosamente una babosa, el canto de la cigarra y el grillo, los paseos nocturnos del sapo o las mariposas nocturnas que vienen a libar en todas aquellas flores que se abren cuando termina el día. La bouvardia exhala un aroma indescriptible, sus efluvios comienzan a notarse especialmente al anochecer e inunda el huerto con su perfume dulce e intenso. Tambien la brugmansia, la juliana y el alhelí, los hedychium, la saponaria… todas ellas y muchas otras son flores nocturnas que despiertan al llegar la noche y conforman un universo paralelo capaz de colmar los sentidos del jardinero insomne. Y ¿qué decir de las luciérnagas? Ellas cumplen una función inestimable comiendo los caracoles, pero su peor enemigo, después de los productos químicos, claro está; es precisamente la luz, que las eclipsa impidiendo que los machos puedan encontrar la llamada lumínica amorosa de las hembras. Para las luciérnagas, un huerto iluminado tiene efectos anticonceptivos, quizá por ello estos gusanos de luz son cada día más raros.

El segundo jardín de Ignacio Abella

El tercer jardín

El tercer jardín es el huerto inmediato, es metro y minuto 0, el centro del mundo. El que planta un huerto nunca desea estar en ningún otro lado porque ya ha llegado. Volvemos a citar a Fukuoka que decía en su “Revolución de una brizna de paja”: “Hay justamente 0.1 Ha de tierra arable por cada persona en Japón. Si a cada individuo se le diese 0.l Ha., esto es 0.5 Ha para una familia de cinco personas, esta superficie sería más que suficiente para mantener una familia durante todo el año. Si se practicase la agricultura natural, un agricultor tendría también tiempo más que suficiente para el descanso y actividades sociales dentro de la comunidad de la aldea. Yo creo que éste es el camino más directo para hacer de este país una tierra feliz”. Efectivamente si un país superpoblado como Japón puede lograrlo, Europa tiene en este aspecto muchas más posibilidades. Un par de plantas de calabacín dan suficientes calabacines para todo el verano y una horticultura arborescente, que aprovecha el espacio plantando árboles y cultivando trepadoras como las judías verdes, ocupa muy poco espacio y logra rendimientos asombrosos. En realidad el cultivo de lo cercano y lo inmediato nos permite vivir con coherencia y dignidad. Nuestra civilización se ha permitido el lujo de asfaltar y pavimentar los mejores campos de cultivo y abandonar el mundo rural, los montes y los paisajes de los que vivían nuestros abuelos. Pero esto es un espejismo del todo insostenible. Podemos durante un tiempo y gracias al petróleo, explotar la Tierra en países lejanos y traer productos exóticos a bajos precios. Sin embargo el colapso de este sistema es seguro y cuando descubramos como han hecho otras civilizaciones, que los recursos se han agotado, encontraremos de nuevo la verdadera riqueza que está en la tierra. En esa pequeña capa de humus que el bosque, el jardín y el huerto atesoran. Esta Tierra viva es la que nos da de comer, a ti y a mí, al paisano y al ciudadano. En este espacio que es una delgadísima piel del planeta, debería medirse la prima de riesgo y la sostenibilidad y riqueza de un país. Cuando empezamos a comprender este concepto tan solo queda vivirlo. En este jardín arborescente uno se siente vivo y despierto y rico en frutos y verduras que crecen casi solas. Estos últimos años, estamos aprendiendo que al borde del Cantábrico incluso podemos cultivar caiguas y aguacates y descubrir otras mil plantas de aroma y perfume, de condimento y alimento, útiles y ornamentales… que no solo de pan vive el humano.

El tercer jardín de Ignacio Abella

El cuarto jardín

El cuarto jardín es el huerto del pensamiento y el espíritu donde los jardineros se convierten en filósofos, artistas, poetas… Es la arboleda de Academo donde se fundó la primera academia, el jardín de Epicuro y los jardines de deleite del mundo islámico y romano, los jardines de Babilonia y los oasis en el desierto, los paisajes culturados… En su “Historia de dos jardines”, Octavio Paz cuenta muy bien la esencia de este cuarto jardín que es siempre mucho más diverso que biodiverso: Yo era niño y el jardín se parecía a mi abuelo. Trepaba por sus rodillas vegetales sin saber que lo habían condenado. El jardín lo sabía: esperaba su destrucción como el sentenciado el hacha. La higuera era la diosa, la Madre. zumbar de insectos coléricos, los sordos tambores de la sangre, el sol y su martillo, el verde abrazo de innumerables brazos. La incisión del tronco: el mundo se entreabrió. Yo creí que había visto a la muerte: la otra cara del ser, la vacía, el fijo resplandor sin atributos. (…) Los pinos me enseñaron a hablar solo. En aquel jardín aprendí a despedirme. Después no hubo jardines. (…) Oí un rumor verdinegro brotar del centro de la noche: el nim. El cielo, con todas sus joyas bárbaras, sobre sus hombros. El calor era una mano inmensa que se cerraba, se oía el jadeo de las raíces, la dilatación del espacio, el desmoronamiento del año. El árbol no cedía. Grande como el monumento a la paciencia, justo como la balanza que pesa la gota de rocío, el grano de luz, el instante. Entre sus brazos cabían muchas lunas Casa de las ardillas, mesón de los mirlos. La fuerza es fidelidad, el poder acatamiento: nadie acaba en sí mismo, un todo es cada uno en otro todo, en otro uno. El otro está en el uno, el uno es otro: somos constelaciones. El nim, enorme, sabía ser pequeño. A sus pies supe que estaba vivo, supe que morir es ensancharse, negarse es crecer. Aprendí, en la fraternidad de los árboles, a reconciliarme, no conmigo: con lo que levanta, me sostiene, me deja caer. Me crucé con una muchacha. Sus ojos: el pacto del sol de verano con el sol de otoño. Partidaria de acróbatas, astrónomos, camelleros. Yo de fareros, lógicos, sadúes. Nuestros cuerpos se hablaron, se juntaron y se fueron. Nosotros nos fuimos con ellos. Era el monzón. Cielos de yerba machacada y el viento en armas por las encrucijadas...

El cuarto jardín de Ignacio Abella

El quinto jardín

El quinto jardín es el jardín de la amistad. Cultivando un pequeño huerto no es preciso gastar dinero. Es el huerto del de – crecimiento, decrecemos en ansiedades y crecemos en sensibilidades y amigos con los que cambiamos conocimientos, semillas, plantas y frutos. No es lo que hacemos, es lo que no hacemos o dejamos de hacer lo que cambia realmente el mundo y hace un entorno mejor. Al final, la amistad se extiende no solo a los compadres y comadres, a los congéneres… sino a los coterráneos en general con los que compartimos territorios. El águila ratonera tiene un territorio inmenso que comprende nuestro pequeño vergel y otros muchos campos y bosquetes. No hace mucho la sorprendimos comiendose una babosa en mitad de este huerto… seguramente porque no había mucho más que llevarse a la boca ese día. El pequeño petirrojo en cambio apenas se asienta y defiende nuestro pequeño jardín cuyas fronteras coinciden casi exactamente con las de su diminuto reino. ¡Pero hay que ver como lo defiende de otros petirrojos intrusos¡¡ Y sin embargo se convertirá durante nuestros quehaceres jardineros en un fiel seguidor y durante las grandes nevadas vendrá a visitarnos, acercándose descaradamente para reclamar un poco de comida. Por la noche la lechuza que anida en el campanario cercano tiene aquí su territorio que se solapa con el del cárabo… y así vivimos en un mundo interelacionado, interdependiente, interterritorial y apenas somos simbiontes de un paisaje diverso y múltiple en el que merece la pena vivir, siempre que sepamos cómo.

El quinto jardín de Ignacio Abella

El sexto jardín

El sexto es el jardín con raíces, utiliza las variedades locales y bebe en las fuentes de sabiduría del propio lugar y aunque continuamente innovemos y probemos nuevos cultivos y formas de hacer, es bueno acordarse siempre del sentido común y los consejos de nuestros vecinos. Caminando por el pueblo escuché al vuelo una conversación que refleja muy bien el sino de nuestro tiempo. Una abuela hablaba con el vecino, un joven de la casa de al lado. No sé de qué planta hablaban pero la abuela decía: – Hay que preguntar cuándo se planta. – Eso se mira en internet-, respondió el muchacho categórico; ignorando que en cada región, en cada aldea, incluso en cada parcela, las fechas de plantación se adecúan a microclimas y condiciones específicas que forman parte de ese compendio de sabiduría tradicional que se transmite de boca a oreja. Ese hilo de conocimiento tiene siglos de longitud y abarca no solo temas campesinos y hortelanos sino la propia historia, la forma de vivir y educar en relación con la sociedad y el paisaje que vivimos. Los caseros vascos sembraban el maíz a una señal del castaño. Observaban el brote de las hojas y cuando tenían el tamaño de la oreja de un ratón, empezaban la siembra. Por mucho que crezcamos en otras direcciones, el huerto nos ayuda a tener siempre los pies en la tierra y enraizar profunda y constantemente.

El sexto jardín de Ignacio Abella

El séptimo jardín

“…ser uno con todo lo viviente, volver en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza. A menudo alcanzo esa cumbre… pero un momento de reflexión basta para despeñarme de ella. (…) Ojala no hubiera ido nunca a vuestras escuelas, pues en ellas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía, y me agosto al sol del mediodía. ¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.”(Hölderlin, 1770 – 1843) El 7º huerto es el jardín de la unidad en el que el hortelano empieza a sentirse parte en vez de dueño y se encuentra inmerso en las lunas y los ciclos, en los procesos de una naturaleza que nada sabe de adjetivos y simplemente es. Es a partir de aquí donde empieza el juego apasionante de la vida, en el punto donde dejamos de distinguir y aprendemos a entender las infinitas relaciones y entendimientos entre todos los seres que formamos parte.

 

 

 

El séptimo jardín de Ignacio Abella

 

Fuente: http://7huertos.blogspot.fi/
Caudal: http://www.rtve.es/alacarta/audios/el-bosque-habitado/bosque-habitado-huertos-flor-cordoba-hay-mas-provecho-23-04-17/3991038/

2 comments

  1. Annie Vega · 23 Days Ago

    Tremendo, gracias!!! Para leer, volver a leer, y seguir leyendo.👍

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    >

Ofendidos y liberados... ¡a mí!

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