Carta a Blanca sobre Gabo

Hace tiempo que no lloraba con desesperación como lo hago ahora. No por la muerte de Gabo, sino por La vida de los otros. Es una película perfecta sobre la que estoy escribiendo un poema.

La muerte de Gabo ha sido algo más bello: ha sido un día bello, como los que solía tener a tu lado; horas y horas de charla. Con Emma, una hermanita mía como tú. Despertarse, más charla, ella dibujando, contándome cosas locas sobre Finlandia. Pero en modo hermanita, como ahora contigo, disfrutando de todo eso sin tensión sexual, en un estado mucho más elevado del alma, estando juntos solamente por el placer de estar juntos y sin esperar una revelación sexual a cambio.

Ha sido un día bonito digo, ya se nota que anochece mucho más tarde. Las gaviotas y los albatros vuelan entre el cielo y yo, solamente faltan las juguetonas golondrinas, que con su llegada inagurarán el verano. La temperatura ha sido tibia y esta mañana, con Emma, sin saber sobre la muerte de Gabo, me he puesto a hablar sobre él, sobre la odisea que vivieron él y Mercedes Barch para que Gabo acabara de escribir 100 años de soledad. Me dijo que lo tenía en la estantería que teníamos en frente, comprobé que el título estaba en sueco pero podía entender perfectamente el nombre del autor y el 100 de “los 100 años de soledad”, estaba escrito en números. Me dijo Emma que lo había encontrado en la basura al poco tiempo de conocerme. Es entonces, es después de todo eso que llego a casa y me encuentro con la noticia, no pude más que sonreír, porque Gabo nos ha dado todo lo que podía dar, y decirle “Gabon maitea”

(“buenas noches querido” en Esukera)

Tú me enseñaste a Gabo, cuando me dijiste que te lo estabas leyendo y te habías imprimido un mapa familiar para poder seguir los linajes de la familia Buendía. Pensé que si había que bajarse una línea familiar para profundizar en él era un libro interesante. Además me ingresaste, previa prescripción de tu padre, en el realismo mágico, que en aquellos años de postizo nivel cultural, me sonó a aventuras con hechizos y ogros y trolls y así.

Pero me picaste la curiosidad, y por ello entré a la literatura Latinoamiericana. A través de Gabo, a través de ti. Me lo leí camino a Perú. Pasé una semana enfermo y leía cuando la fiebre me daba tregua. Me recuperé gracias a mi querida Ida y a una experiencia con unos indios que ya te contaré, y gracias al barrio de Barranco. Al día siguiente fui a una charla sobre teatro comunitario de la que me enteré en algún diario online, no sabía de qué se trataba, pero necesitaba cultura, tú ya me habías inoculado ese dulce veneno.

Allí me encontré con Cesar, el que después me introduciría al ponente, un humildísimo Arturo, que me abriría los brazos a formar parte de Arena y Esteras, el lugar en el que fui voluntarioso aquellos meses, el lugar en el que fui inmensamente feliz.

El caso es que Cesar me llevó a conocer la Lima profunda, la Lima peligrosa, la Lima salvaje, la Lima oscura. Lo hicimos por encima de sus cabezas, en un tranvía elevado sobre raíles que cruza algunos barrios de la ciudad. Allí vi edificios de maquiladoras, allí vi un mar de techos irregulares, allí vi calles con gente, calles con mercados, calles con puestos, la decadencia máxima en un barrio que todavía traspiraba construcción colonialista a través de sus fachadas. Mientras tanto Cesar me contaba la historia de Villa el Salvador (donde haría el voluntariado), y Cesar me hizo entender que no hay nada de realismo en 100 años de soledad, es todo magia, la magia de Gabo para hacer de ese libro una guía de la evolución de la América Latina, esa gran A mayúscula que tanto amaba. Macondo era cada ciudad de Latinoamérica y todo lo que allí ocurría, un reflejo bruñidísimo de la sociedad. Hasta en lo referido en la matanza en la plaza cercana a la plantación de bananas y el olvido de sus gentes, que hace referencia a la matanza del 68 en la Plaza de las Tres culturas en Tlatelolco, México, entre otros tantos progromos.

Ahora no lloramos por lo que se ha ido, sino que sonreímos por lo que hemos tenido.

Gracias Gabo

Ofendidos y liberados... ¡a mí!

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