La fiesta de occidente

Occidente entero está inmerso en una rave,
cientos de miles,
millones de watios de sonido
ensordecedor
que todo lo llenan de ruido
hasta el último rincón
evitando poder pensar.
Kilómetros a la redonda impregnados por la música proyectada,
la gente que se adentra en los bosques a charlar
o a hacer sexo
vive la música como si la tuviera a unos centímetros:
los que tratan de escapar de este derroche,
los inocentes de las zonas colindantes…
el ruido convierte en ensordecedor
cualquier ambiente
evitando ser conscientes de los propios pensamientos.

Esto sí que es un fiestón
diseñado para disfrutar y no tener que pensar.
Incontables cuerpos zarandeándose
ante los mismos estilos, nada
diferencia a unos de otros.
Sudor escurriendo por las pieles,
saltos,
euforia ante el subidón,
los nervios se estremecen y
escalofrían los cuerpos,
no hay mayor espectáculo,
¡el más grande!

El cielo se estremece,
la lluvia cae a raudales
y durante un instante el cielo se ilumina
elevando su fulgor
por encima de los miles de focos instalados.
Segundos después,
cuando las retinas todavía permanecían trémulas por la sorpresa
la potencia sonora de un trueno
se alza por encima del ruido de la fiesta.
Esta se acaba en ese mismo instante entre caras
de desesperación.
La mayor soberbia de la humanidad
no puede competir con el más humilde acto de la naturaleza.

Cabizbajos nos sentimos pequeños y derrotados.

Otro año lo volverán a intentar de nuevo.

Ofendidos y liberados... ¡a mí!

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