No veo decadencia – Reneé Descartado

NO VEO DECADENCIA

“Me gustan los barrios decadentes, aquí donde tú vives, no lo veo por ningún sitio”. Esta frase ha martilleado mi cabeza como los señores que se dedican a arreglar el tejado de mi buhardilla. Ellos sonríen, comparten un cigarrillo en el andamio y beben cerveza con el bocadillo mirando el cielo de París. Comparten bromas con demasiado argot como para que servidor sea capaz de comprenderlo. Hablarán de sus mujeres, de sus novias, del PSG y me gusta pensar que de arreglar la gotera de mi wáter para que no me duche cada vez que entro…o se reirán de mí por hacerlo, es igual. En ese momento veo alegría, no veo decadencia y mi buen amigo tiene razón.

Me quedo sin café, y sin café y aguardiente, un rayano (procedente de la frontera
hispano-lusa), no sabe vivir. Aquí no hay aguardiente, lo cual me hace estar más lúcido de lo habitual. Salgo a la calle por un boulevard en el que el coche más sencillo es un Audi A4. Señoras con bolsas serigrafiadas con letras doradas, plateadas o la siempre elegante Arial en blanco. Me pregunto qué llevarán dentro. ¿Serán regalos?, ¿Serán rebajas o nueva temporada?, ¿Será la vida de un vietnamita o la cena de un chico de Bangladesh? No hablan entre ellas y eso me revuelve por dentro… ¿Estás con amigas y no hablas? Se giran y se hacen fotos posando como una vieja portada del Vogue, pero sin la mitad de presencia. Sus gafas enormes con tirabuzones dorados les cubren media cara y el sol no sale desde hace dos semanas. Una balbucea algo sobre el metro y otra le responde
“pas”. Seguramente las encuentren antes en Instagram que en Insultismo, y eso que me parecían bastante insultables. Me pregunto en qué trabajarán, en qué base de datos machacarán las teclas, si saben hacer arroz con ajo o si planchan sus propios vestiditos de Barbie. Piso una mierda de perro, el universo suele tener respuestas para todo.

Bajo la calle y alcanzo la basílica de la Madeleine, en el cruce veo moteros con grandes micrófonos que salen de sus cascos hasta sus bocas, más coches de lujo y más clones de mis “amigas” con bolsas y más bolsas con marcas de “haute coûture”. Un cigarrillo me llena la boca de barro y pienso en si ese barro es el mismo que llevan por sus entrañas. Me sigo dejando llevar calle abajo olvidando qué había salido a comprar, veo parejas agarradas del brazo que no hablan entre sí, él lleva una americana más cara que el ordenador en el que divago y ella unos zapatos de tacón cuyo libro de instrucciones decidió ignorar leer. Supongo que pensó que era como el microondas, ese que no tiene pinta de saber usar. Pienso en cómo es la vida de esa pareja que no habla, les imagino escribiendo en pizarrines y evitando sus alientos por la mañana. Les intento imaginar follando, pero no lo consigo. Los autómatas no pueden follar, porque no está en las leyes de Asimov. Pienso en la cantidad de leyes de Asimov que habrán violado. Y por fin tengo argumentos para rebatir a mi amigo. Veo decadencia ahí. Veo decadencia en cada objeto inerte sobrevalorado, en el coche de lujo conducido por una sola persona, en las fotos de su viaje a la Polinesia Francesa, en la absoluta negación de la realidad del mundo.
Un señor duerme en el portal de al lado de Maxims, su saco de dormir parece calentito y barato, su perro guarda su sitio junto a él. La pareja pasa a su lado como un Atlético por Concha Espina, sin inmutarse. Me acerco al perro y le acaricio, me devuelve un lametón en la mano, olvido que puede pegarme cientos de enfermedades y pienso en una frase que me dictó mi profesor de microbiología “La boca que provoca más infecciones es la humana, porque es la que más bacterias anaerobias tiene”. Anaerobias, que no necesitan el oxígeno para vivir, miro a mi alrededor, nadie respira, sólo compra, compra lujo, pero no respiran. Entiendo el concepto, lo sé, soy de efecto retardado, qué se le va a hacer.

Extiendo un billete de mi bolsillo y lo dejo junto al hombre, le digo a su perro con la mirada que es para los dos. No responde, pero creo que lo entiende. Recuerdo que no tengo café y que ese era el motivo de mi huída, no que me agobiase el estudio de los grandes vasos del cuello. Vale, era mi coartada si ustedes quieren que sea más sincero. Subo la calle hasta el supermercado, elijo entre la variedad de cafés el más
barato, ya que en Francia, el café caro es igual de malo que el barato, pero tiene un envoltorio más bonito y ¿quién no se ha enamorado de una chica fea nunca? Llego a la caja y veo montañas de carros llenos de comida precocinada, muchos de solteros, pero es cuando veo a una familia con dos hijos y un carro lleno de fideos precocinados es cuando siento una gran arcada y vuelvo a tener motivos para rebatir a mi amigo. Veo decadencia en los códigos de barras de los huevos. Veo decadencia en la carne empaquetada a un precio que seguramente no se puede permitir ni el propio carnicero. Veo decadencia en los productos etiquetados como ecológicos y producidos fuera de Francia.

Me acerco a la caja y cuando voy a pagar, recuerdo que sólo tenía un billete y que ya no está en mi bolsillo. Se lo explico al cajero con francés macarrónico. Él me manda a la mierda con la elegancia de un pase de Iniesta. No me fía el café, no veo el cartel típico de “Sólo se fía ayer y mañana”. También veo decadencia ahí.

Renée Descartado sobre nuestra experiencia parisina. Un grande que me ha quitado toda la razón con una inyección de realidad de verdades ocultas tras una fachada de superficialidad.

One comment

  1. Alain Vazquez Vazquez · junio 10, 2013

    me parece interesante pero prejuicioso con las amiguitas y demás …, supongo que intencionadamente

Ofendidos y liberados... ¡a mí!

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