Desprecio

Ekenäs – Finlandia

La gente del supermercado en el que trabajo

dejó de saludarme

el día que comencé a trabajar allí.

Supongo que dejé de ser la tipa extranjera

guay,

que siempre saluda y siempre sonríe,

la que sólo compra verduras,

y pasé a ser “la tipa que lava los platos”.

 

Más tarde confirmé esta sospecha.

 

Estando una noche en una discoteca

atisbé la cara de uno de ellos,

me acerqué a saludar y me miró con desprecio.

No soporté su expresión,

quise liarla,

me restaba poco más que una semana de trabajo allí.

Le llamé la atención,

quise saber qué le pasaba conmigo.

Me respondió que no me acercara,

que debía de oler bastante mal

después de pasar tantas horas entre bandejas con grasa

y tablas de cortar con restos de animales muertos,

acercó su napia y husmeó la piel de mi cuello

mientras sus amigos risotaban.

 

No soy una persona dada a la violencia…

física.

Quería destrozarle.

Le increpé que mi mal olor se iba con una ducha caliente al llegar a casa,

pero que no me podía imaginar el olor que debía tener él dentro

de sus entrañas

porque la grasa que yo limpio de las rejillas y bandejas

no es más que los restos de los pollos asados

que yo le había visto comer en la sala de descanso,

la misma grasa que impregna sus manos y

la comisura de sus labios

mientras que yo uso guantes en mi trabajo.

Que los residuos de carne picada que retiro de la máquina

son más frescos que los que a él se le quedan

entre los dientes

cuando acaba de comer.

Le repetí que me imaginaba cómo debía oler por dentro

y me daban nauseas y,

esta vez a viva voz,

que lo mío se iba con una ducha de agua caliente y un poco de jabón y

mientras le agarraba la charcha (con delicadeza)

le dije que iba a escribir este poema

que lo iba a publicar con su foto

que lo iba a traducir

y ponerlo en el perfil de Facebook del supermercado,

que en los alrededores de su casa

iban a aparecer fotocopias pegadas por las paredes

y las farolas,

que nunca jamás volviera a jugar con quién no tiene nada que perder,

que nunca jamás despreciara a alguien por el trabajo que desempeña,

que lo despreciable es su sentimiento de desprecio

que debe estar pudriéndolo por dentro.

Creo que le dije

con la adrenalina tomando el control

que le iba a destrozar la vida.

 

Ahora les dejo que me voy a la fotocopistería.

 

P.d: Quitad esa sonrillisa de vuestras caras,

no voy a hacer nada de lo prometido

nada más me voy a imprimir unos apuntes.

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