El espíritu deportivo era otra cosa

Hace tan solo cuatro años,

en la edición anterior, en Pekín,

yo traía unas ganas tremendas de realizar un rito

que me venía acompañando desde bien pequeño:

descansar del esfuerzo de todo el resto del año,

tirarme en el sofá sorteándome el mando de la televisión

con mi padre, y pasar horas, horas y más horas

disfrutando del “espíritu olímpico”.

 

Cosas de crecer y de tratar de ser una persona informada,

de abrir los ojos a un mundo que te empieza a dar la sensación

DE QUE NO ES LO QUE PARECE,

me dio por buscar esos puntos obscuros detrás de toda esa luz

(que entiendo que proyectan para deslumbrar

y no se vea lo que hay más allá de las pistas de atletismo,

las canchas de baloncesto, o las piscinas de natación,

como hace el sol -este inocentemente- mientras conduces)

y ese año sufrí un cierto desasosiego

que me hizo desinteresarme con media tristeza

de todo lo que tuviera que ver con “los juegos”

(que no lo son).

 

Tibetanos reprimidos,

millones de personas movilizadas,

censura y todo lo demás,

los que tuvierais los ojos un poco abiertos

ya sabréis…

nada que no pueda tapar

el despertar de las pasiones patrias

al empezar a ganar medallas del color que sea.

 

Este año Londres, me sentía ya escamado,

sin esa ilusión de niño; perdida, secuestrada…

las noticias empiezan a sucederse:

en este mundo cada vez menos libre en prensa escrita

más libre en información por Internet,

salta la liebre,

perros sarnosos de obscuras fauces la persiguen

a tan solo unos centímetros,

no sienten pena de clavar sus dientes y hacer sangrar,

no perdonan ni a las carnes más níveas.

Se hacen llamar políticos, se hacen llamar empresarios.

 

“Dispendio en plena crisis” titulan acertadamente

101.000.000 de € en electrificar el perímetro,

solamente un pellizquito del gasto total en seguridad,

seguridad no solamente para los congregados,

más bien para las marcas que allí se anuncian,

Adidas, Rio Tinto, Dow Chemical,

BP, Coca-Cola, Mac Donals,

todas ellas cargadas de delitos contra la humanidad

que se han asegurado de que un ejército de empleados

investigue y multe a todas las tiendas de la zona

que tengan la absoluta desfachatez de querer vender productos

bajos los reclamos de “Olimpiadas”, “verano”, “oro”, “plata”, “bronce”…

– ¡no, no eres proveedor oficial, tienes vetados esos términos!

-les dicen- 25.000 € que te llevas, por espavilao -les dicen.

 

Además de convertir la zona en un paraíso,

un paradisíaco paraíso fiscal…

todo esto en un clima de recortes en materia social

y de educación.

Parece que la tormenta no moja a unos cuantos cabrones.

 

Llega el final y no he sido capaz de ver ni un minuto de esa payasada,

ni de alegrarme por las medallas de “mi país”,

sintiéndolo por su esfuerzo,

los deportistas no han sido aquí los únicos que se han reído,

los únicos que han llorado de alegría, los únicos que se han emocionado,

a esos otros inombrables, dueños de la caja de Pandora

los he visto en mi mente frotándose sus sedosas manos.

 

Pájaros de mal agüero, carroña, soplapollas,

habéis convertido todo lo bueno en llanto,

no habéis dejado nada puro,

las olimpiadas son solamente la punta de la lanza

pero es que más allá hay mucho llanto ineccesario,

mucha desilusiones acometidas

mucho desasosiego fabricado a medida de unos pocos.

 

La gente en sus casas,

sin dinero,

con agobios,

con complejos…

y encima de un escenario

sacan la máquina del tiempo

y traen de vuelta a cinco personas

que serían perfectas si este poema tratase

de la belleza de muñecas de plástico

todo deformadas, todo reformadas,

(seguro que si les levantas los vestidos

a esos monstruos

todavía se les ve las juntas de plástico

como a las Barbies)

 

El mundo no está ganando en justicia.

El espíritu deportivo era otra cosa

 

 

 

 

 

Ofendidos y liberados... ¡a mí!

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